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Whisky viene del término gaélico Uisge Beatha, 'agua de vida'. Hay tres variedades de whisky. Dentro del Escocés, el Grano, como el Cameron Bigg o el Black Barrel, el Blended, que es el que copa el 95% de la producción mundial de whisky. El Dewar's White Label, J&B, o Ballantine's, que son mezcla de whisky de diferentes procedencias, o el de malta, del que cada vez tenemos más variedad a nuestra disposición.

Tenemos buenos whiskies de malta de Escocia e Irlanda. El whisky no tiene nada que ver con la isla del mismo nombre. Se obtiene a partir del cereal malteado, es decir, se provoca la germinación de la cebada con agua durante dos o tres días.

Un whisky, un buen whisky, no puede ser ingerido de pie en cualquier sitio. Para eso ya están las mezclas bastardas apuradas bajo esas lluvias adolescentes de focos de bacalao que sólo sirven para tomar y perder el sentido. Disfrutar, esa es la clave.

Apreciar un buen whisky es como reconocer un buen vino. De hecho, la dedicación y el cuidado de sus criadores es muy similar. Es cuando el whisky pasa a ser algo familiar, y se convierte en una aventura en sí mismo, o mejor, en un compañero de aventura, amigo fiel de un vuelo nocturno y reposado, donde viajan miradas y palabras y se van dando pequeños sorbos de eternidad.

Esa búsqueda de paraísos+ está llena de retos, de complicidades y guiños, de palabras rebotadas entre sus hielos, o, por Satanás, hielo no, quizás un poco de agua o ni eso.

El whisky, -dicen-, tiene aromas de vainilla, redondo y con mucho cuerpo, con insinuaciones de miel y especias, limpio con toques marinos o de turba y manzana, con finales dulces o largos, picantes o suaves acabados.

© 1999 The Celtic's Tavern
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